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jueves, 27 de marzo de 2014

siempre cordial, educó la voz en tonos agudos para cantar los goles en el fútbol, pero también animar toda clase de eventos deportivos y formar equipo radial con los mejores hombres en Cochabamba donde cultivó enorme simpatía


semblanza de Carlos Dalence

voz y emoción del deporte desde Cochabamba al mundo

Carlos recibe una de los muchos reconocimientos de Toto Arévalo ministro de Deportes

Con honestidad y esfuerzo Carlos se convirtió en un periodista reconocido en Bolivia.

Nació en Oruro el 23 de marzo de 1932, en una familia humilde; es hijo de César Dalence Matos (orureño) y Mercedes Loayza Eyzaguirre (paceña), hijo menor de seis hermanos: Gerardo, Isauro, Antonieta, Betzabé y Julio.

Su madre murió cuando él tenía dos años, ante este hecho lamentable su padre los llevó a La Paz a un internando, sus hermanas (Antonieta, Betzabé) permanecieron en el internado María Auxiliadora, su hermano Julio y él en el Hospicio San José, ahí estuvieron ocho años. Mientras su padre y sus dos hermanos mayores (Gerardo, Isauro) formaban parte de la Guerra del Chaco.

En 1938 su padre contrajo matrimonio con Dolores Cortés, quien los recogió del internado y volvieron a Oruro. Estudió en la unidad educativa Ignacio León, la secundaria en el colegio Nacional Bolívar, en tercero medio pasó al colegio Juan Misael Saracho.

En 1945 hizo el servicio militar en el regimiento Camacho Primero de Artillería, para él es la mejor época de su vida. Por razones personales, 1955 vino a Cochabamba, estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Simón, pero no ejerció porque no tenía interés, lo hizo por complacer a su padre y seguir con una tradición.

Trabajó en Lloyd Aéreo Boliviano (LAB) donde transmitió su primer partido de fútbol: Wilstermann – The Stronger en Radio Nacional. También trabajó en Los Tiempos como escritor del suplemento deportivo tuvo el cargo Corresponsal General en el periódico Presencia (Cbba) y El Deber (Sta. Cruz). En el colegio Calatayud dio clases de Historia y Geografía, tuvo como alumno a Carlos Sánchez Berzain. Radio Centro también le abrió las puertas para demostrar su destreza.

En 1956 se casó con Maritza Torrico Navia (mizqueña) con quien tiene dos hijas: Claudia y Nancy.
En 1989 compró Radio Tunari Cochabamba (R.T.C.) donde cambio todo el formato centrándose en deportes. Mantuvo el cargo de Director durante 22 años. Por problemas familiares la radio cerró su emisión el año pasado
.
Durante su trayectoria recibió condecoraciones por parte del gobierno de Víctor Paz Estensoro y Carlos Mesa, de la Alcaldía de Cochabamba, durante el mandato de Manfred Reyes Villa. El 15 de septiembre de 2010 recibe la medalla de “Merito Ciudadano”.

Actualmente vive en la Av. Juan de la Rosa Esq. Medinaceli, es abuelo de seis nietos varones. A sus 79 años sigue elaborando programas para Radio Universal 106.7 F.M. y a veces va a comentar a programas deportivos. 

(Editor: felicitar a Claudia que ha tenido la feliz iniciativa de escribir esta semblanza de su señor padre mi queridísimo amigo Carlos Dalence cuyos méritos aquilato en buena medida mediante el conocimiento mutuo de medio siglo. Felicidades Carlos por "el dia del Mar, que es también el "Día de Carlos Dalence" y que Dios le conceda muchos años de vida para felicidad de sus hijas y sus nietos. un gran abrazo)



jueves, 6 de marzo de 2014

sobre el valor de la vida humana, lo atinado que habría sido suspender los carnavales y la irresponsabilidad, ahora se sabe del ejército que estaba a cargo del control físico de la pasarela, todo provocó pérdidas humanas que sumadas al desastre en el Beni y otras zonas tornaban pertinente la medida

Si la indolencia precarnavalera que se estrelló contra la desgracia de los benianos no llegó a conmovernos, mucho menos podía inquietarnos en el clímax de la fiesta, cuando no hubo la menor reacción humanitaria en la entrada del Carnaval de Oruro, que se tiñó de sangre con el desplome de una estructura metálica mal instalada que mató a cinco personas y dejó más de setenta heridos, 16 de ellos en situación muy grave.

El desastre del Beni era un buen motivo para que las autoridades tomen decisiones drásticas tendientes a generar una movilización institucional y ciudadana a la altura de la emergencia, pero primero estuvo la fiesta y el jolgorio antes que la atención de una realidad que nos pasará una factura muy costosa en términos económicos. No basta que bajen las aguas ya que las peores consecuencias están por venir.

Esto y lo ocurrido en Oruro, donde nada impidió que los grupos sigan bailando y presionando a los músicos a continuar, pese a que varios de sus compañeros estaban tendidos, es el reflejo del poco valor que se le da a la vida en nuestro país, donde ahora no hay autoridad, funcionario o institución que se haga responsable por la desgracia y tampoco hay quienes asuman su rol de atender como es debido a los que sufrirán durante años las secuelas de la peor inundación de la historia.

La polítiquería, el cálculo, la campaña, la popularidad. El país está sumido en medio de un inmenso vendaval que no se detiene en los valores humanos y en la vida de las personas. Nuestros líderes están dando una lección muy complicada a las nuevas generaciones que no perciben en este momento un modelo de conducción que ponga por delante la integridad de seres que sufren y claman por ayuda en nuestras narices sin posibilidad de generar ninguna reacción.

Músicos orureños han anunciado que recurrirán a la justicia porque están convencidos que hubo negligencia en la construcción de las tarimas que colapsaron el sábado pasado. Ha quedado demostrado que los responsables de la organización de la fiesta son muy solícitos cuando se trata de hacer negocios con el Carnaval, de sacarle provecho político y hacer gala del evento, la cultura y la majestuosidad del espectáculo, pero no tienen en cuenta la seguridad, el bienestar del público y su integridad. En estas circunstancias es necesario exigir la misma severidad que pedían esas autoridades cuando alguien cuestionó la falta de preocupación por la higiene de la capital folklórica, generando airadas protestas de quienes sintieron que estaban hiriendo a toda una ciudad. Ahora es el momento de que rindan cuentas por el desprecio a la vida en el que ellos han incurrido.

También es desprecio por la vida la dejadez con la que el Gobierno encara la seguridad ciudadana, que en época de Carnaval muestra su cara más fea. Solo en la ciudad de Santa Cruz se registraron nueve muertes violentas y un número mayor se ha dado en el resto de las capitales del país. Llama la atención la cifra de víctimas femeninas, con dos mujeres ajusticiadas por sus parejas y 225 que sufrieron agresiones graves, producto del abuso de bebidas alcohólicas. Esto ocurre cuando hay en vigencia, numerosas figuras jurídicas que supuestamente se han diseñado para frenar la violencia contra las mujeres, delito que no cesa porque la “letra muerta” no hace Estado ni genera cambios de ningún tipo. Hace falta que nuestros gobernantes valoren más la vida de la gente para que haya transformaciones genuinas en este país.
El país está sumido en medio de un inmenso vendaval que no se detiene en los valores humanos y en la vida de las personas. Nuestros líderes están dando una lección muy complicada a las nuevas generaciones que no perciben en este momento un modelo de conducción que ponga por delante la integridad de seres que sufren y claman por ayuda en nuestras narices sin posibilidad de generar ninguna reacción.